
Sin darme cuenta, el tiempo había pasado rápidamente y sí, otra vez se me había hecho tarde, como era costumbre. “Hija ¿estás lista? preguntó mi papá, desde el comedor, sí en seguida bajo respondí, un poco apresurada, poniéndome los zapatos. Metí mis cosas al carro y esperé a que nos marcháramos. Todos los días él me dejaba en la parada de autobuses, donde tomaba el autobús para ir a mis clases. Ese día no era la excepción.
“Que tengas un buen día” me dijo. Bajé del carro. En la parada había demasiadas personas, algo muy extraño a esa hora, otra señal de que ese no era precisamente mi mejor día. Sin embargo, no me preocupé. Llegó el primer autobús. Un mar de gente se abalanzó sobre él, como si quisieran subir todos a la vez. Decidí esperar el siguiente , sin embargo, no me preocupé.
Pasaron cinco, diez, quince y luego treinta minutos. Logré por fin subir a uno de los autobuses. Llenísimo como todos los demás. Avancé y me quedé parada en medio de él, mientras, pensaba: ojalá alguien me seda su asiento. Estaba casi segura que no sucedería, pero tenía una esperanza. A medida el bús avanzaba la gente seguía y seguía subiendo. Ya no podía moverme.
Ahí adentro se creó una mezcla con olores de todo tipo. Unas mujeres con aromas exquisitos y suaves, otras con unos muy extravagantes, de esos que me hacían pensar en mí abuelita. Tenía un poco de sueño. Pensaba como distraerme, me detuve a observar a las personas que estaban a mí alrededor.
Aquello se volvió algo interesante. Había de todo. Personas altas, bajitas, rubias, con anteojos, cabellos rizados, lisos, cortos, largos. Entre caras tristes, adormitadas y preocupadas, en fin, una gama impresionante de seres a mí alrededor. De pronto me pareció como estar dentro de una ensalada humana. Observaba sus gestos, sus movimientos, sus miradas. Fue un viaje diferente. Tuve la sensación de haber descubierto muchos mundos dentro de uno solo.
“Que tengas un buen día” me dijo. Bajé del carro. En la parada había demasiadas personas, algo muy extraño a esa hora, otra señal de que ese no era precisamente mi mejor día. Sin embargo, no me preocupé. Llegó el primer autobús. Un mar de gente se abalanzó sobre él, como si quisieran subir todos a la vez. Decidí esperar el siguiente , sin embargo, no me preocupé.
Pasaron cinco, diez, quince y luego treinta minutos. Logré por fin subir a uno de los autobuses. Llenísimo como todos los demás. Avancé y me quedé parada en medio de él, mientras, pensaba: ojalá alguien me seda su asiento. Estaba casi segura que no sucedería, pero tenía una esperanza. A medida el bús avanzaba la gente seguía y seguía subiendo. Ya no podía moverme.
Ahí adentro se creó una mezcla con olores de todo tipo. Unas mujeres con aromas exquisitos y suaves, otras con unos muy extravagantes, de esos que me hacían pensar en mí abuelita. Tenía un poco de sueño. Pensaba como distraerme, me detuve a observar a las personas que estaban a mí alrededor.
Aquello se volvió algo interesante. Había de todo. Personas altas, bajitas, rubias, con anteojos, cabellos rizados, lisos, cortos, largos. Entre caras tristes, adormitadas y preocupadas, en fin, una gama impresionante de seres a mí alrededor. De pronto me pareció como estar dentro de una ensalada humana. Observaba sus gestos, sus movimientos, sus miradas. Fue un viaje diferente. Tuve la sensación de haber descubierto muchos mundos dentro de uno solo.

en los autobuses observas y te encuentas de todo. està super nice ti texto. y es cierto siempre hay una ensalada de humanos.
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